Herencia

Herencia y su 24 de septiembre en la crisis de una pandemia

Texto de Enrique Mora González, O. de M.

Desde hace un tiempo parece que los cambios, en el sentido rupturista del término, han adquirido el protagonismo del devenir de nuestro mundo. Un proceso que avanza con el peligro de disolver y extenuar el hilo de la Tradición. La Tradición con mayúsculas que permite la transmisión de las esencias en las que los individuos particulares y la comunidad social reciben, viven y transmiten el patrimonio del vivir de sus mayores. Un vivir que se concreta en valores y costumbres en los que el individuo y la sociedad se reconocen y se forman, y van enriqueciendo, a su vez, con sus aportes, sin abruptas rupturas, sino con la guía de la depuración ética. Pues bien, la peste del COVID-19 ha venido a partirnos el corazón y con ello también a empujar, aún más, el proceso de ruptura, disolución y sustitución de nuestras raíces, de nuestra forma de ser, de nuestro arraigo, que sin confundirlo con ñoña nostalgia es generador de dulces sentimientos y sanas costumbres. ¿Por qué? La razón es clara. La plaga del COVID-19 está poniendo en jaque el sutil hilo de la Tradición que queda custodiado, casi como reliquia, en la manifestación de las festividades tradicionales genuinas de los pueblos y, en consecuencia, ha puesto aún más en peligro los principios profundos que éstas encierran y nuestro modo de entender y amar la vida.

Es cierto que todos queremos ver en esta pandemia un paréntesis, un mal sueño, por no decir pesadilla, del que todos deseamos despertar y escapar para volver a la ‘normalidad real’, no a la sustitutiva ‘nueva normalidad’ con mascarillas, temores, distancias, sin abrazos y con la imposibilidad de reuniones y celebraciones, familiares y populares, que nos obligan las aciagas circunstancias. Ante el ‘bicho’, claro está, no cabe más que lo cabe, esto es, ser responsables y generosos por el bien común y aceptar el fastidio de la prevención con el acatamiento de las lógicas normas sanitarias.

Pero la pregunta es: ¿cómo afectará esta plaga al frágil hilo de la trasmisión de la Tradición de los valores y de las sanas costumbres? En nuestro caso concreto la cuestión es: ¿Herencia es Herencia sin 24 de septiembre? ¿Hay fecha más propia, más nuestra, particular y específica junto al martes de ánimas o de carnaval? ¿Se podría seguir hablando de Herencia como comunidad natural, orgánica e histórica con personalidad, vinculada a su camino andado, con una estabilidad existencial sin su Tradición identificadora, sin su fiesta, si su 24 de septiembre y sin su Virgen de las Mercedes?

Evidentemente y a todas luces la respuesta es no. Decir lo contrario sería caer en la traición y la disolución de la esencia de un pueblo con personalidad histórica y reducirlo a un mero censo burocrático, en sentido civil, y a un departamento territorial, en sentido canónico. Es decir, Herencia sin su Tradición, en la que el 24 de septiembre constituye su punto más álgido, se convierte en un cuerpo sin alma, sin esencia, sin beso y abrazo comunitario. Un alma y una esencia que producen dulces sentimientos y sanas costumbres identificativas que han cristalizado, en nuestra historia, en saludables instituciones y tradiciones, como es su feria y fiestas locales y su procesión de procesiones. Hitos que fortalecen, a su vez, los dulces sentimientos y las sanas costumbres que le confieren al pueblo su identidad.

Que el COVID-19 sea un paréntesis o un punto de inflexión de difícil retorno depende de nuestra capacidad de reacción y de superación como comunidad histórica con personalidad. La lucha contra el COVID-19 como herencianos, para que no nos determine este mal bicho, para que no extinga el fino hilo de las esencias, para que no nos desvincule irremediablemente del legado de nuestros mayores, además de la generosidad y responsabilidad individual para el bien común que hoy se nos exige, implica también y al mismo tiempo una reacción vital, contundente, convencida y entusiasta – a pesar del dolor y del miedo – para mantener viva, ahora en estas fechas, nuestra fiesta mayor que nos identifica y distingue de nuestros pueblos vecinos. Sabemos que esta celebración, este año, debe ser distinta, pero no puede, de ningún modo, ser sofocada por la apatía, el luto, el miedo o, lo que sería aún peor, aprovechar la desgracia para una maniobra de destrucción y de desvinculación de nuestra identidad por intereses de distintos tintes. Estamos llamados a legar a nuestros hijos el arraigo recibido que los identifique como tales, como lo han hecho nuestros padres y abuelos con nosotros. La historia nos enseña que los pueblos mediocres, incapaces de mantener su arraigo, sus costumbres, sus tradiciones, en definitiva, su alma, en tiempos difíciles desaparecen, se diluyen en el mar común por las circunstancias. Sin embargo, los pueblos con vigor social, como los Hebreos en el destierro, en los tiempos recios, fortalecen el nervio que los une entre sí cultivando su Tradición y salir, de esto modo, reforzados como pueblo.

Nuestra feria, nuestra Virgen, nuestra Tradición requiere, más que nunca en este año, ser vivida, llorada, añorada, deseada, en definitiva, celebrada. De manera distinta, sí. No cabe otra. De ahí que este año los símbolos externos, la vivencia interior, la vista al convento ordenada y sin riegos, la celebración familiar íntima y gozosa se convierten en nuestro programa de feria y fiestas, en el ancla que nos abraza con los que se han ido y en la fortaleza que nos impide sucumbir al vacío de una herencianidad hueca, declinada y traicionada. El futuro nos aguarda, por eso estamos llamados a no vaciarlo de contenido. La feria de este año está llamada a ser la feria de la superación. Un reto que nos aboca a enraizarnos, aún más, en nuestro pasado, en homenaje agradecido a los que han partido tan solos, y a vivir por ello nuestro veinticuatro de septiembre con fidelidad creativa, en nuestro presente duro, y así entregárselo al futuro, a nuestros hijos, con contenido y esperanza.

Madre de Mercedes, Hermosona nuestra, no nos desampares, pues te adora Herencia. Amén. 

Enrique Mora González, O. de M.